jueves, 7 de octubre de 2010

27 – CIUDAD DE AGUA.



Llueve. Viene con fuerza del mar. Miro el reloj: cinco menos diez. Noche cerrada. No me apetece levantarme todavía, se está muy bien bajo la manta. No se oye ningún ruido, es la calma que precede al sonido de las tuberías, de la gente que se preparará para un nuevo día de trabajo, de los motores de los automóviles que arrancarán como cada mañana.

Me tapo bien. En mi duermevela me veo de nuevo en la casa de mi infancia y juventud. Abro la puerta para bajar las escaleras y noto que el pasillo está inundado bajo varios centímetros de agua, las grecas de las baldosas de tonos rojizos, marrones y amarillos ondulan como serpientes de agua y mis pies producen pequeñas ondas concéntricas que se abren hasta los primeros escalones.

Me asomo al hueco de la escalera que se ha convertido en una laguna en cuyo fondo se aprecia el techo oscuro de la caja del ascensor como un pecio reposando en su última morada. Comienzo a bajar los escalones que tiemblan bajo mis pies y el agua va subiendo hasta alcanzar mi cintura.

Decido tomar aire y me sumerjo agarrándome con las manos a la escalera, llego hasta el segundo piso pero noto que no puedo aguantar mucho más la respiración y me impulso hacia arriba hasta que vuelvo a mi piso.

Subo andando hasta el ático y me asomo a la terraza, el agua cubre la ciudad hasta donde alcanza la vista y solo la parte alta de los edificios emerge sobre las aguas como un piélago de infinitas pequeñas islas.

El sol tiñe la superficie que se refleja en las fachadas acristaladas y las aves, miles de aves ocupan la parte superior de los edificios y las antenas comunicándose en una algarabía de graznidos a través de la inmensa ciudad acuática.

Entre algunos edificios se han levantado pasarelas tortuosas, precarias, construidas con frágiles trozos de madera. Permanecen desiertas meciéndose con el vaivén de la marea que desplaza de un lado al otro trozos de petróleo solidificado formando concentraciones de masas redondas como oscuras minas submarinas que forman un anillo alrededor de las ventanas de lo que en otro tiempo fueran despachos de los señores del universo.

Salgo de mi duermevela, comienza a clarear el día, oigo subir el funicular por la calle Washington. Me levanto y voy a la cocina. Pongo la radio y lleno de agua la jarra de la cafetera. Muelo café. Sigue lloviendo.

Las últimas noticias hablan de que nadie tiene idea de como parar el chorro de petróleo y gas que fluye libremente desde hace ya un mes contaminando las aguas del Golfo de Méjico a razón de cien mil barriles diarios. Y a continuación, muchas palabras, palabras, palabras…

26 – SOPA DE CAMARONES.



Aparcamos cerca de la calle Misión. Andamos un poco por la acera bajo un sol brillante de mediodía y una brisa fría que viene del Pacífico obligando a la gente a ir abrigada. Delante de nosotros la guitarra de un mariachi descansa sobre su espalda moviendo el mástil levemente al compás de los pies enfundados en unas botas vaqueras negras.

Muchas mujeres jóvenes llevan a sus niños de la mano con mochilas de colegio en la espalda y los más pequeños en carritos cubiertos con toldos o viseras. Una tienda embarrancada en la bruma de los años cincuenta, toda escaparate de grandes vidrieras, muestra los viejos maniquíes intemporales cubiertos de trajes de novia, velos y sombreros a un público de latinas que cuchichean entre ellas en español entre risitas y alabanzas a los vestidos.

En la esquina, bajo la mirada del guarda jurado filipino del Bank of America que merodea con los pulgares metidos en un grueso cinturón repujado que entre otras cosas sostiene una enorme pistola semiautomática, un grupo de viejos y algún joven desgalichado pasan el tiempo sentados en unas cajas vacías de plástico para fruta alrededor de un getto – blaster que expande en círculos concéntricos una música pegadiza caribeña.

Pasa por mi lado un hombre tirando de un carrito blanco de helados y paletas anunciándose con el tintineo de las pequeñas campanitas de bronce. Otros venden rodajas de frutas en vitrinas de cristal ambulantes, o flores envueltas en papel de periódico que sacan de una camioneta aparcada.

Las paredes están llenas de murales de intensos colores con las caras de Martín Lutero King o César Chávez y paisajes y motivos sobre la raza y su adaptación a la América anglosajona. Abundan las taquerías y las tiendas de ultramarinos en donde todos hablan español y sobre la acera hay hileras de cajas de limas y limones, aguacates, plátanos; en el interior tortillas, frijoles, latas de cinco kilos de menudo.

Entramos en un modesto restaurante llamado “Las Palmeras” de manteles de hule adornados con flores y pago al contado, pedimos chile verde y sopa de camarones. Suena un mariachi en unos pequeños altavoces que hay encima de la caja registradora.

Mientras esperamos tomando unos totopos con salsa se nos acerca una señora vestida de negro con una cajita de cartón donde lleva pulseras, medallas y colgantes de santos. Me llama la atención una pulsera con la imagen del Santo niño de Atocha y la señora nos explica que es muy popular en Méjico.

Nos traen la comida, tomo lentamente la deliciosa sopa de camarones, reconfortante, con el característico sabor del cilantro fresco. Comemos lentamente sin parar de hablar.

A través de la ventana veo a la otra América pasar, la que no existe oficialmente, la que no tiene papeles, la invisible, la que llegó a este continente o estuvo aquí siglos antes de que el Mayflower inaugurara la historia oficial norteamericana.

25 – SIN TECHO.



Una mañana en el cruce de Clay y Polk volviendo de un recado en el coche me llamó la atención la figura de un negro, alto, vestido con pulcritud, de unos sesenta años de edad, de pie en la acera, apoyado contra la pared de un edificio. Supongo que lo que atrajo mi atención hacia él es que en el suelo, a su lado, tenía dos maletas nuevas que destacaban mucho, una roja y otra amarilla. Crucé la calle y volví a casa y antes de que apagara el motor del coche ya se me había olvidado el asunto.

Como esa esquina es uno de los lugares por donde paso con mucha frecuencia, me sorprendió ver unos días después al mismo hombre, limpio y con buen aspecto en el mismo lugar apoyado contra la pared y las dos maletas roja y amarilla. Esa vez tardé más tiempo en olvidarlo, pensé que no parecía ser una persona sin trabajo que vive en la calle, llevaba un equipaje muy arreglado y no tenía el aspecto que la intemperie imprime en la pobre gente que se ve obligada a llevar esa dura y triste vida.

Durante un tiempo seguí viéndole en la esquina intermitentemente, unas veces estaba allí siempre de pie con sus dos maletas y otras desaparecía durante unos días al cabo de los cuales volvía a verle exactamente en el mismo lugar donde había estado.

Una noche que volvía tarde de casa de unos amigos miré instintivamente hacia el lugar en la esquina y no vi nada pero al acercarme más noté que había alguien o algo cubierto con un trozo de lona en el lugar donde solía estar y naturalmente pensé que era él durmiendo en la acera aunque no podía ver nada.

Todo esto fue hace ya unos dos años durante los cuales me he preguntado sobre la vida de ese hombre que sigue de pie en actitud de esperar algo, a alguien, de comenzar un viaje siempre frustrado. Porque después de todo este tiempo sigo viéndole en la esquina, luego se va a algún otro sitio y tarda unos días en volver. Pero vuelve.

A lo largo de todo este tiempo noté que le faltaba una de las dos maletas, la roja, pero seguía con la amarilla limpia y cuidada. Después desapareció también la amarilla y en su lugar tenía junto a él una pequeña bolsa azul de tela. Le he visto días y días sentado en la acera mirando al frente, sin objetivo, como ajeno a lo que le rodea, otras veces duerme bajo la lona a cualquier hora del día, con sol, con viento, con lluvia.

Hace ya una semana que paso por la esquina de Clay y Polk y no le veo. Su pequeño rincón está vacío y noto su ausencia. Como él son legión en la ciudad, en portales, entradas de comercios, parques, siempre solitarios, cubiertos de capas heterogéneas de ropa, arrastrando carros de supermercado llenos de bolsas de plástico, botes de bebidas vacíos, trastos recogidos por todas partes, maletas deterioradas con el resto de sus magros ajuares que el viento de la mala suerte, la enfermedad o la desesperanza se llevó.

Seres de otro mundo que hablan consigo mismos porque la sociedad ya no habla con ellos. Seres que han entrado en otra dimensión de la cual es muy difícil escapar. Donde la vida es intemporal y las creaciones del hombre han perdido todo su sentido.

24 – BOQUERONES.



Vine contento del mercado, traía entre otras cosas un kilo de boquerones que me había recomendado Marcelo que tiene el mejor puesto de pescado en Colmenar.

Hacía un bochorno que presagiaba tormenta, los niños chapoteaban en la piscina de la urbanización. Abrí el paquete sobre la pila y una cascada plateada se deslizó entre mis manos. En la radio-cassette sonaba una cinta de Rameau. Feliz, me dispuse a limpiar el pescado, introduciendo el dedo gordo en la tripa y deslizándolo para abrirlo por medio, luego desprendiendo la espina y la cabeza y limpiando con cuidado, con suma delicadeza los lomos, quitando el resto de la sangre, las vísceras y los pequeños coágulos, aclarándolo bajo el hilo de agua que mantenía abierto y depositándolo sobre un cuenco vuelto del revés que descansaba sobre otro plato.

Así, con paciencia, continué la tarea mientras los violines, las trompas y los chelos se entusiasmaban y crecían alcanzando la ventana y saltando al árbol que se mecía frondoso haciendo de pantalla a los gritos alegres de los juegos en la hierba.

Detrás de mí apareció silenciosa una tía de mi mujer que había venido con su nieto desde Santa Cruz en California a pasar un par de semanas con nosotros. Se acodó a mi lado, me sonrió concentrándose en la limpieza. Los boquerones colocados simétricamente formaban un domo, una cúpula que acercaba hasta aquella cocina las mejores bondades de Brunelleschi.

En la piscina comenzó un revuelo de toallas y sombrillas, la tormenta estaba encima, tormenta de verano con truenos que crecían y reverberaban en los cristales precedidos de un chispazo que podía oírse como el trallazo de un látigo. Carreras y gritos, en un momento todo quedó desierto como en las largas tardes del triste, largo y solitario invierno.

Subieron los niños envueltos en las toallas, dando saltos, hablando sin parar, con la felicidad desbordándoles por aquél acontecimiento inesperado.

Mientras tanto preparaba una taza con harina y una pizca de sal y otra con tres huevos; puse una sartén sobre la cocina de gas con abundante aceite de oliva y encendí la luz porque los negros nubarrones casi nos habían dejado a oscuras.

Comencé a batir los huevos mientras la lluvia caía en gruesas gotas haciendo hervir la piscina solitaria. La tía de mi mujer seguía mis movimientos complacida. Fui enharinando uno a uno los boquerones abiertos como un libro, pasándolos lentamente por el abundante huevo batido y depositándolos en el aceite caliente entre un colchón de burbujas doradas.

Una vez fritos los fui poniendo en una fuente ovalada de cerámica hasta que estuvieron todos colocados en forma de abanico; corté varios limones en trozos distribuyéndolos entre los boquerones; corté también pan que deposité en un cestillo de mimbre y lo llevé todo a la mesa donde ya estaba colocada una ensalada de tomate, cebollas y aceitunas.

Nos sentamos todos a la mesa, la tía de mi mujer mirando la fuente de los boquerones dijo:

—En mi país no seríamos capaces de emplear tanto tiempo y esfuerzo en comprar y preparar el pescado de esta manera—dijo con una sonrisa.—

Nos miramos todos y no se porqué nos echamos a reír.

Los boquerones desaparecían rápidamente regados con limón y acompañados del pan y la ensalada.

Los niños nos explicaban con la boca llena la forma en que salieron corriendo, se apelotonaron en los portales, dejaron atrás pelotas y tebeos.

Me fui a la cocina a por otra botella de vino y una de gaseosa para los chicos. La lluvia caía ahora blandamente y los truenos se iban alejando hacia la zona del río, en mi pequeño radiocasete al que le faltaba la antena telescópica y tenía el asa rota sujeta con cinta aislante seguía la música, ahora las voces de un coro interpretando a Monteverdi.

23 – ANDAR.



Sale el sol acariciado por una brisa fría. Me voy a andar. Antes bajaba las cuestas y me iba hasta Fort Point al pie del Golden Gate regresando por el mismo camino y subiendo las empinadas colinas hasta mi casa. Pero apareció la ciática que me dejó baldado durante unos meses, sobre todo en el lado derecho llegando hasta los dedos del pie en los que no sentía sensibilidad alguna.

Fue mi estreno con la ciática. Llovieron las recomendaciones: vete al médico, haz esto, haz lo otro. Apúntate a clases de yoga y pilates. A mi eso de los pilates me sonaba a traición a nuestro Señor Jesucristo y lo del yoga a señoras aburridas con ganas de ligar.

Además nunca he sido persona de grupo, el ejercicio, el deporte me gusta hacerlo individualmente, no me agrada competir, ni distraerme con la conversación de los otros. La soledad es para mí un aliciente más.

Digo que nada de eso me hacía feliz así que me apunté a unos ejercicios que me pasó mi amigo Don que nació por los años veinte y tiene por consiguiente una pila de años y una ciática, dolor de espalda y otras lindezas que le entretienen la vida haciéndole jurar con gran regularidad.

Conseguí superar la ciática, aunque sigue agazapada y de vez en cuando me larga un pellizco, y ahora bajo en coche hasta una zona plana donde aparco y me pongo a andar a orilla de la entrada de la bahía.

Andar es un acto exultante que me congracia con las ganas de vivir, que me vuelve a la juventud y sobre todo al camino, a ese espacio de terreno que está delante de uno y por el que se avanza paso a paso viendo variar el paisaje, sintiendo como el cuerpo te lleva bajo la caricia del sol, o la lluvia, o el viento, que lo mismo da, porque todo son sensaciones que transmiten a la piel el contacto con los espacios libres.

Nunca he tenido el nivel de mi hermano que nació deportista, pero de joven, estimulado por él, me aficioné a correr. Me gustaba perderme en el campo, subir y bajar, hacer distancias largas, sentir la emoción de no tener necesidad de parar porque el cuerpo me llevaba sin apenas esfuerzo, rítmicamente, dejándome la mente libre para pensar y abarcar el horizonte con los ojos.

Ahora estoy contento con andar, antes lo hacía a buen ritmo, esforzándome para cubrir unos tiempos de recorrido establecidos. Pero poco a poco me va costando más trabajo. De todas formas sigo haciendo buenas distancias sin fijarme ningún objetivo sino el grandioso de disfrutar los pasos, la soledad, la contemplación del siempre renovado milagro que me rodea.

22 – AUTOMÓVILES.



Miro el aceite del coche, cada semana tengo que darle una buena medida reconstituyente porque de otra forma el nivel se va al suelo. Es la edad, lo compramos en mil novecientos noventa y dos por lo que tiene ya casi veinte años que si lo multiplicamos por siete como se hace con algunos animalitos para saber su edad real se nos pone en ciento cuarenta años. No está mal.

Salgo a la calle y me meto en la autopista, mientras conduzco me pongo a pensar en cómo puede estar tan mal la economía y sin embargo haber tantos coches en la carretera. Supongo que el coche es lo último a lo que se aferran las personas, en realidad el objeto más querido por la mayoría en el que se refleja lo que cada uno es, desea y piensa, lo que habla de la personalidad de cada individuo y es en definitiva una tarjeta de visita con ruedas.

Con toda esta economía de trileros donde el individuo serio, trabajador y honrado es un ave extinguida o a extinguir paralizado como esas otras aves que mueren sobre las playas cubiertas del petróleo que la falta de previsión y escrúpulos arroja por toneladas al mar, a uno le da por pensar que las soluciones no son tan difíciles, que bastaría con desinflar un poco las desaforadas perspectivas de lucro de los poderosos, la reducción del consumo del petróleo utilizando a gran escala tecnologías que ya son un hecho, baratas, no contaminantes, reduciendo algo el ansia de poder de los políticos. O sea, pensamientos de un pardillo que vive en las nubes.

Curiosamente los gobiernos aplican medidas que sólo son una huída hacia delante, premiando y amparando a los que han causado el derrumbamiento económico con su avaricia. Fomentando más y más el consumo con incentivos a los ciudadanos consumidores que habitan el espejismo ilusorio de una realidad casi virtual que están dispuestos a devorar entregando a cambio su vida y su alma supuestamente inmortal.

Hace unos pocos meses se dio una de estas ayudas para fomentar la compra de coches nuevos entregando los antiguos. Enseguida pensé en mi cándida ignorancia que la población, viendo como pintan las cosas, compraría híbridos, bajarían los humos de la velocidad y el exhibicionismo en vista de las convulsiones económicas adoptando medios de locomoción prácticos, más verdes, ecológicos o cualquiera de esos nombres tan de moda ahora que marcan el “buen rollito”.

Gran equivocación por mi parte. Según conduzco en la autopista miro al frente y a los lados y compruebo con asombro la enorme cantidad de coches nuevos que circulan paralelamente a mi antiguo cacharro. La inmensa mayoría son automóviles de alta gama, modelos lujosos, mercedes y sobre todo beemeuves, que no sé que tienen, pero son como una obsesión en esta sociedad. Deben de tener algo mágico, sexual que a mí se me escapa. No se ve, sin embargo, ningún Hammer. Estos coches representaban la idea superconservadora que a nadie gusta, son cuadrados, bastos, de aire militar.

Pero los demás, estilizados, elegantes, de aire felino, carísimos, son aceptados y admirados por todos así como la gama de grandes coches familiares, cada vez más altos, más potentes, más lujosos.

Y la gente compra felizmente esos automóviles. Al menos es lo que veo a mi alrededor en la autopista. Y los gobiernos en lugar de fomentar el ahorro, de dejar que desaparezcan esas industrias que fabrican vehículos monstruosamente grandes, contaminantes, consumidores de millones de galones de combustible, les ayudan para que continúen sacando al mercado esos modelos.

Y la sociedad que hace sólo cuatro días estaba aterrorizada por el rumbo de la economía y las finanzas se olvida con una facilidad pasmosa. Y vive y gasta en el presente y se lanza por la autopista dentro de esos recién comprados vehículos de lujo que en resumidas cuentas no son más que el envoltorio ilusorio de las vanidades personales.

miércoles, 6 de octubre de 2010

21 - SECUENCIA.



Aparcados en Baker Beach. Sentados en el coche frente al mar. En la radio Dinah Washington canta “If I Love You” mientras permanecemos en silencio viendo las olas llegar a la orilla donde rompen con fuerza. Entre la niebla que comienza a formarse en la entrada de la bahía asoma la figura oscura de un carguero repleto de contenedores que avanza lentamente hacia la entrada del Golden Gate.

Andando sobre la playa alguna pareja charlando, parando de vez en cuando a sacar una foto, cogiéndose del brazo…dos pescadores con sus largas cañas permanecen sentados en la arena, las cañas se comban o estiran con el movimiento de las olas, un perro corre a recoger la pelota que le tira su amo y vuelve feliz depositándola a sus pies.

Paseo mi vista por la playa, todo está tranquilo, la luz de la tarde se muestra más azulada con la llegada de la niebla. Noto una vibración en mis ojos. No, no es en mis ojos, es en la playa, en el mar, no es exactamente una vibración es más como una mínima interrupción, como los pequeños saltos que da una cinta de celuloide en una película antigua.

Me concentro. Entre una secuencia y otra el escenario es el mismo pero la pareja viste de otra manera, el perro es claramente de otra raza y el barco del fondo no es un carguero sino un destructor, no, ahora es un barco de vela.

Mi mujer me pide algo de la parte de atrás del coche. Vuelvo y me acomodo de nuevo poniendo los pies sobre el salpicadero. En la radio el saxofón de Dexter Gordon. Cierro los ojos dispuesto a echar una cabezadita.