sábado, 16 de octubre de 2010

32 – CONSTRUCCIÓN.



Me voy a andar temprano. Mi recorrido favorito, por la zona de Crissy Field que es plana y me ayuda con los dolores de la ciática. Hace algo de frío y una neblina que se va levantando poco a poco. Comienzo a caminar en dirección al Golden Gate. No veo un alma aunque a esta hora suele haber ya algunos que pasean a sus perritos o hacen el circuito corriendo.

Oigo un zumbido a mi espalda que aumenta por momentos, me vuelvo, entre la niebla aparece de repente un caza de combate de hélice tan bajo que instintivamente me impulsa a agacharme. Unos veinte metros más adelante aterriza limpiamente y rueda hasta los hangares del fondo junto al comienzo del Presidio donde hay estacionados al menos media docena de aviones militares.

Sigo andando, la niebla comienza a quemarse según voy acercándome al puente que aparece con sus dos grandes torres y los cables que las conectan suspendidos en el aire. Sobre una gran plataforma los obreros trabajan en la unión de la sección central todavía en construcción.

Tengo que pararme cerca del puente ya que no se puede seguir por la cantidad de materiales, grúas y talleres que forman una pequeña población en constante movimiento.

En la orilla, cerca de donde estoy, hay una gabarra que transporta materiales y obreros a la otra orilla en Fort Baker. Me acerco y les pido si me pueden cruzar. Un grandullón provisto de un cinturón para herramientas del que penden un buen número de ellas me echa un vistazo sin parar de hacer lo que tiene entre manos y me hace un gesto para que suba y me siente donde dé menos la lata.

Cruzamos al otro lado y me admiro de las proporciones del puente. Verlo así, a medio construir, da una sensación extraña. Miro las dos inmensas torres y los espacios aún abiertos, los obreros colgados de los cables y me emociono. Porque además mis ojos están acostumbrados a verlo todos los días como una obra de arte perfecta, un arco del triunfo moderno saludando a los barcos que entran en la bahía, con un intenso tráfico de vehículos en ambas direcciones. Setenta años después de haberse terminado.

Doy las gracias al llegar a la otra orilla, también aquí se acumulan pequeñas montañas de cemento, de arena, de materiales de todas clases. Voy andando hasta un pequeño campamento de tiendas de campaña levantado entre unos eucaliptos, un grupo de hombres cocinan en un paisaje en blanco y negro, visten pobremente con pantalones de trabajo y viejas fedoras desteñidas por el tiempo. Son, como en tantos otros lugares, las víctimas de la profunda depresión que asola el inmenso territorio de los Estados Unidos. Me hacen un hueco alrededor de una hoguera que mantienen encendida día y noche. Me ofrecen pan y frijoles que rechazo pero acepto una taza de café aguado.

Dicen que están allí a la espera de algún muerto. De que alguien tenga la mala suerte de caerse al vacío dejando la vida sobre la superficie de las aguas. Única posibilidad de que vengan al campamento en busca de otro trabajador para sustituirle.

No hay trabajo para todos y los que han tenido la inmensa suerte de conseguir uno en el puente arriesgan cada minutos sus vidas. Pero el salario es increíblemente bueno.

Es una triste espera, me dicen. Pero es lo único que pueden hacer. Entre ellos los hay muy jóvenes, apenas con quince años de edad. Otros a juzgar por sus rostros curtidos, quemados, llenos de surcos profundos y andares renqueantes más parece que deberían estar tomando el sol en un parque cuidando a sus nietos si las circunstancias no les obligaran a buscar el pan todos los día.

Muchos de ellos, la mayoría, no conseguirán un trabajo y tendrán que emigrar a otros estados, ni siquiera verán el puente terminado ni las ceremonias que a pesar de los malos tiempos se prolongarán durante una semana entre cohetes, bailes, marchas y conciertos.

Y cuando levanten el campamento la vida les llevará a algunos a sitios que jamás hubieran pensado, a los campos y las ciudades de Europa, a las islas y ciudades del Pacífico. Unos por el azar o el destino se quedarán en aquellas lejanas tierras para siempre y otros volverán y un día de cualquier año, en tiempos mejores, se verán cruzando en un automóvil el magnífico puente que desde la hoguera en Fort Baker vieron como se hacía realidad día tras día.

Me ofrecen más café. Les doy las gracias pero me voy de vuelta en la siguiente gabarra. Cruzamos las aguas algo turbulentas. Está subiendo la marea.

Camino a buen paso volviendo la vista hacia el puente de vez en cuando, la neblina le tapa en parte. Cuando llego al coche frente al Yacht Club el sol brilla y se ha disipado la niebla. El puente destaca firme con su belleza art-deco como un arco iris producido por la refracción del sol sobre la espuma del Pacífico.

31 – SHIKASTA.



De joven me gustaba mucho la ciencia-ficción. Aquella que llegó a su máximo esplendor en los años cincuenta: Ray Bradbury, Theodore Sturgeon, J. G. Ballard, Farmer, Simak, Heinlein, Anderson, Asimov, Clarke, Miller y otros que ya ni me acuerdo o están ocupando un espacio por ahí, en alguna neurona perdida que de vez en cuando se espabila y me recuerda las cosas leídas y disfrutadas en otro tiempo.

Una ciencia-ficción de iniciados, de yonkis de lo inusual, de lo mágico, de un lejano y poco probable futuro del hombre en perdidas galaxias y mundos paralelos que se desvaneció rápidamente para dar paso a otra ciencia-ficción de civilizaciones de guerreros y princesas, monstruos y ejércitos del futuro en constantes luchas por el poder y las fuentes de energía. A mi esa segunda parte de la ciencia-ficción ya no me atrajo y abandoné el género que se había apartado del camino científico o paracientífico.

Aquellos relatos fueron muy queridos para mí pero hay uno en especial que sigue atrayéndome por su originalidad y que no es precisamente de un autor de ciencia-ficción aunque Doris Lessing escribiera algunos de este género.

En su libro Shikasta seguido de otros escritos, elabora la teoría de que los humanos son el producto de la experimentación de una raza superior. Dejados a su libre albedrío prosperan durante varios milenios hasta que un accidente les priva de una substancia esencial y esto les hace desarrollar una enfermedad degenerativa. A consecuencia de ello su cerebro sufre una transformación haciendo que los objetivos individuales se vuelvan más importantes que los colectivos llevándoles a centrar su atención en la avaricia y los conflictos.

El libro y los libros que se sucedieron elaboraban mucho más sobre el asunto pero la idea principal venía a ser esta.

Cuando veo los acontecimientos que día a día se suceden en nuestro planeta y la forma en que el mundo se va volviendo cada vez más complicado, me acuerdo de este libro de Doris Lessing y me da por pensar que tal vez la teoría que expone no esté tan alejada de una posible realidad.

No me extrañaría que con toda la arrogancia, engreimiento y nuestras ansias de ser como los dioses un día nos despertáramos y nos diéramos cuenta de que sólo somos el producto de una probeta cósmica, un germen en el océano de un magma creado por algo o alguien insuperablemente inmenso hasta el punto de que nuestros pequeños ojos no pueden fijarse y tener conciencia mas que en un punto nebuloso que no nos dice nada.

O también pudiera ser que todo esto no sea mas que otra distracción para llenar un vacío que es la esencia de las cosas, un hueco donde no hay nada y la nada es todo lo que nos cabe esperar. La nada, al menos como la concebimos en nuestros pequeños cerebros de mosquito.

Pero mientras tanto, mientras seguimos con las teorías y las especulaciones continuaremos matándonos porque en el fondo es la única solución duradera que conocemos para que el otro, el enemigo, no nos mate a nosotros. Y el enemigo somos todos.

jueves, 7 de octubre de 2010

30 – CONGA.



Llevo rato frente al ordenador. Estoy con pocas ganas de escribir nada. Eso me pasa a menudo, no porque no se me ocurra alguna cosa con la que sobrepasar la primera página. Tengo comprobado que si puedo arrancar airoso en la primera hoja el resto es ya pan comido.

No, en realidad es porque me viene, siento venir, unas enormes ganas de mandarlo todo a la porra, una especie de depresión supongo, lo de siempre: para que me molesto en escribir si nadie va a leerlo, si a nadie le importa un soberano pimiento, si la gente vive bajo un bombardeo insufrible de información y el poder de concentración en los últimos años ha descendido al nivel de la tapa de la alcantarilla y la sociedad lleva ya tiempo en una retrocesión intelectual abocada a la idiocia que ha transformado al humano de lector de libros a visualizador de imágenes.

Y dentro de las imágenes ha evolucionado yendo para atrás como el famoso cangrejo, de las películas aquellas en blanco y negro con diálogos jugosos y situaciones complicadas que ahora a la mayoría se les hace insufribles pasando después por las películas con cuatro frases y mucha acción y ahora al Hollywood del encéfalo plano que nos acogota con los dibujitos animados por ordenador, un filón que nos tiene como meones de guardería chupándonos el dedo frente a los gigantes verdes, los burros que hablan, los pequeños robots más que humanos, los abuelos con globos, las lluvias de hamburguesas y un etcétera largo, largo que casi nos devuelve al útero materno.

Y eso no es nada con lo que viene en tres dimensiones. Para qué seguir. Pero luego el bajón se me pasa y vuelvo con mi café y me siento y abro la pantalla del ordenador, espero que aparezca el documento en blanco y me olvido de lo que me rodea. Pero hoy no parece que vaya a ser tan fácil. Así que me levanto, agarro la cazadora y me bajo andando por el Tenderloin, cruzo Market y sigo por la Sexta.

Me llama la atención una casa de empeño que hay al principio de la calle. Me quedo mirando el escaparate: guitarras de todos los tipos y colores, cajas de cubiertos, saxofones, trompetas, acordeones…

Detrás del mostrador un tipo gordo y flácido en camiseta está ocupado con una revista y me mira de reojo sin prestarme demasiada atención volviendo a su lectura. Al fondo hay tres individuos que tienen toda la pinta de pertenecer a la Mara Salvatrucha, llenos de tatuajes hasta en la frente, pasa por mi cabeza “El Hombre Ilustrado” de Bradbury.

Sobre el mostrador colgando como jamones una serie de guitarras eléctricas de colores chillones junto a instrumentos de viento algunos deslucidos y abollados. Delante del mostrador una hilera de congas, bongos, timbales, tambores de procedencias diversas, aunque a mi casi todos me parecen africanos por mi desconocimiento profundo del tema.

Con el mismo impulso irracional que me ha hecho entrar en la tienda pregunto sobre el precio de las congas, el hombro gordo deja la revista y parsimoniosamente me hace un recorrido magistral de los instrumentos.

Salgo a la calle abrazado a mi nueva conga.

29 – LOS AÑOS.



“Los años no pasan en balde”: sentenciamos siempre después de haber intercambiado una básica información con el compañero, amigo e incluso meramente conocido que nos encontramos por la calle y del que tratamos desesperadamente de recordar el nombre.

Esto empieza a suceder a partir de los cuarenta pero entonces se dice jocosamente, uno todavía no cree que hayan pasado los años, que estén pasando como para empezar a preocuparse. Todavía los chicos están en casa, claro que con los tiempos que corren puede pasar que nunca abandonen el hogar y seas tú el que agarre la maleta y se desplace a la estación término del hogar de ancianos. Algunas amigas de tu mujer, o las compañeras de trabajo aún te siguen pareciendo apetecibles y fantaseas con la convicción de que el tiempo está a tu favor.

En la década de los cincuenta la cosa cambia radicalmente, tus compañeros de trabajo jóvenes y dinámicos insisten en ir destilando en tu espíritu la idea de que eres un poco torpón: en el manejo de los ordenadores, del teléfono móvil, de tus lentas y conservadoras reacciones ante los problemas del trabajo. Y de repente surge esa palabra pretendidamente cariñosa que en lo sucesivo será un rejón de muerte: abuelo. No serás abuelo socialmente pero sí espiritualmente para todos esos que te van empujando suavemente hacia el despeñadero de la jubilación anticipada o del ostracismo en la empresa.

Tu no quieres hacer caso ni de la oficina ni de las canas pero un día cuando estás gestionando la compra en el supermercado una de esas señoritas que atienden la caja te llama por primera vez: “caballero”. Ese es el primer síntoma real de que te estás haciendo viejo.

Luego pasa el tiempo y lo inevitable llega, dejan de interesarte las compañeras de trabajo y las amigas de tu mujer a las que miras con cierto resquemor y algo de rencor difuso. Te ofrecen la jubilación anticipada o irte a una oficina a trescientos kilómetros de tu casa y terminas aceptando la jubilación.

Sin saber porqué sientes el impulso de comprarte una pequeña radio de pilas con pinganillo que tú sigues llamando transistor y que será el mejor amigo en los tiempos por venir, la mejor compañera en la cama en las largas noches en que te cuestionas un futuro tan nebuloso.

Y comienzan las marchas tempraneras por “la ruta del colesterol” con tu inseparable compañero electrónico que te informa del desastre de gobierno, país, mundo en el que habitas. Un marasmo de ineptos que no hacen nada y se lo llevan crudo y te entra la rabia y la frustración y te preguntas porqué tú, que hacías bien tu trabajo, eras cumplidor y honesto has tenido que renunciar a la sociedad y al mundo por asegurar una soldada.

Pero el día más triste, el día que se confirma que definitivamente eres un viejo es cuando una joven entre veinticinco y treinta años te cede por primera vez el asiento en el metro o el autobús. Eso es duro, cuesta asimilarlo.

Pero al final, como todo en esta vida, se termina por aceptar y, oye, si eres optimista el ser viejo tiene también sus compensaciones y alicientes, pero eso te lo contaré otro día.

28 – ÁNGEL CUSTODIO.



A veces se pone muy pesado. Siempre aprovecha cuando mi mujer ha salido para hacerme una visita. Sabe que no me gusta que merodee a mi alrededor. Hace años tuvimos unas palabras porque me seguía a todas partes, me daba mucho la lata. Me planté y le dije:

—Mira, me importa un pimiento que seas o no mi ángel de la guarda, no tengo nada contra ti pero déjame en paz ¡Quiero estar solo! ¿Entiendes? ¡Solo!.—

Se puso gallito y ahuecó las alas, quiero decir en sentido metafórico, porque este ángel no tiene alas ni nada que se le parezca. Recurrió a las sempiternas artimañas de que él estaba para que no me atropellara un autobús o me cayera un piano de cola en la cabeza desde un sexto piso. Vamos. Las viejas amenazas para que me cagara de miedo.

Claro, tengo que admitir que entonces yo era un niño y además muy influido por las cosas de la iglesia. Pero a medida que me fui haciendo mayor vio que pasaba de él y poco a poco me fue dejando en paz.

Aparecía de vez en cuando, siempre cuando estaba solo, como una vez que me fui a hacer una marcha por la sierra y saltó de detrás de un pino, me dio un susto de muerte. Se disculpó porque, eso sí, está bien educado. Con una educación clásica y tengo que reconocer que a veces me contaba historias divertidas y picarescas de los dioses del Olimpo y su devaneos con los humanos.

—¿Pero tú ya eras ángel en aquellos tiempos? Si todavía no existía el cristianismo, no te creo…

—Te equivocas, amiguete— me decía — nosotros ya andábamos por ahí revoloteando mucho antes de que se montase el cristianismo ¿Qué te crees? Nosotros venimos de la noche de los tiempos.

—¿De la noche de los tiempos?

—¡Que pasa! ¿No te gusta la noche de los tiempos?

—Me suena algo cursi.

—¡Qué sabrás tú! ¡Memo arrogante!

—Oye, que yo no te he faltado…

—Es verdad, perdona, es que los humanos tenéis la virtud de irritarme.

Bueno, el caso es que no tenía nada de fondo a pesar de ser un ser etéreo y todo eso y se quedaba atrás jadeando apoyado en los pedruscos de La Pedriza. Al final tuvo que tumbarse un rato cuando llegamos al Collado de la Dehesilla y gracias a que compartí el bocadillo con él y le pegó unos tientos a la bota, se reanimó y pudo llegar hasta el Yelmo.

La verdad es que es un buen tío, en varias ocasiones que estuve muy solo me hizo compañía, me apoyó, me dio buenos consejos. Llegamos al acuerdo de mantener la amistad sin molestarnos, él vendría al menos una vez al año a saludarme y el resto del tiempo cada uno iría a su aire. Así lo hizo. A través de los años paseamos juntos, en alguna ocasión le dimos al alpiste más de lo debido y como no aguantaba nada le tenía que dejar dormir en casa y me contaba historias de ninfas y hados que sonrojarían al pirata más disipado.

Pero últimamente aparece más a menudo. Como ayer que mi mujer había salido y antes de materializarse en la habitación oí una voz que decía:

—Oye, no te mosquees que soy yo…¿Molesto?

—No hombre, dichosos los ojos…estaba entreteniéndome en el ordenador, siéntate aquí en el sofá…¿Una copita?

—No,no, gracias…últimamente el alcohol me pone muy melancólico, mejor un cafelito si no es molestia…

—Claro que sí, te lo pondré bien caliente con un buen trozo de bizcocho….

—Si te empeñas...

–Te noto más delgado, algo desmejorado…

Se me hizo un nudo en la garganta verle allí sentado mojando el bollo en el café y mirándome con ojos tristes.

—¿Ocurre algo que debiera saber?¿Se va a acabar el mundo, el universo o algo así?

—No, no, nada de eso— sonrió sorbiendo el café — Es sólo que se está reestructurando el escalafón…

—¿La jerarquía?

—Eso es.

—¿Y a ti como te afecta eso?

—Pues me afecta moralmente más que nada…después de tanto trabajar y preocuparme ahora me quieren jubilar, eso sí, con todos los trienios estelares…

—Bueno, estarás contento, te mereces un descanso…

—Sí, descanso…un aburrimiento, el ostracismo…

—¿Y porqué te quieren jubilar?

—Por lo de siempre, andan mal de presupuesto, la jerarquía está inflada de gente que entra por enchufe, porque conocen a alguna Potestad, a algún Trono, a alguna Dominación, incluso los hay que tienen mano cerca de los Querubines y Serafines…y éstos que se supone que deberían de dar ejemplo meten a todos sus parientes en el funcionariato aunque sea de simple ángel para luego ir trepando poco a poco. Puro Nepotismo. Y claro, cuando tiran de organigrama y ven que sobra un montón de personal siempre pagan el pato los que no tienen buenas agarraderas…y ese es mi caso.

—¿Y tú que eres? ¿Ángel o alguna de esas otras cosas que has nombrado?

—Yo empecé de ángel de base bastante antes de lo que vosotros llamáis el “Big Bang” y poco a poco, gracias a mi esfuerzo, porque todo hay que decirlo, pasé oposición tras oposición y ahora estoy en la escala veintitrés o sea que soy Trono y ya estaba hincando los codos para presentarme a otro examen para la plaza de Querubín, que eso son ya palabras mayores y de conseguirlo estaría a las puertas del cargo más alto jamás creado: Serafín.

—¿Y llegarías a Serafín?

—Muy difícil, cuestión de tiempo y esfuerzo, quizás dentro de los próximos diez a quince milenios.

—Y ¿Qué piensas hacer?

—Pues no sé, resignarme…pasear, tomar el sol y encargarme de algún trabajillo de atención a los humanos…

—Pues lo siento…pero aquí tienes tu casa, puedes venir a verme siempre que quieras…

—Te lo agradezco…¿Te importa que me quede aquí en el sofá un ratito? tú puedes seguir con tus cosas, no voy a molestarte…

Vuelvo al ordenador y sigo con mi tarea, él saca su ipod y se pone los cascos mientras se tumba en el sofá. Me levanto y le echo una manta por encima. Sigo trabajando, al cabo de un rato le miro y veo que se ha quedado dormido. Pobre, me da pena, toda la eternidad con las oposiciones, o de jubilata vagando sin nada que hacer…al menos los humanos tarde o temprano cascamos y a otra cosa mariposa.

27 – CIUDAD DE AGUA.



Llueve. Viene con fuerza del mar. Miro el reloj: cinco menos diez. Noche cerrada. No me apetece levantarme todavía, se está muy bien bajo la manta. No se oye ningún ruido, es la calma que precede al sonido de las tuberías, de la gente que se preparará para un nuevo día de trabajo, de los motores de los automóviles que arrancarán como cada mañana.

Me tapo bien. En mi duermevela me veo de nuevo en la casa de mi infancia y juventud. Abro la puerta para bajar las escaleras y noto que el pasillo está inundado bajo varios centímetros de agua, las grecas de las baldosas de tonos rojizos, marrones y amarillos ondulan como serpientes de agua y mis pies producen pequeñas ondas concéntricas que se abren hasta los primeros escalones.

Me asomo al hueco de la escalera que se ha convertido en una laguna en cuyo fondo se aprecia el techo oscuro de la caja del ascensor como un pecio reposando en su última morada. Comienzo a bajar los escalones que tiemblan bajo mis pies y el agua va subiendo hasta alcanzar mi cintura.

Decido tomar aire y me sumerjo agarrándome con las manos a la escalera, llego hasta el segundo piso pero noto que no puedo aguantar mucho más la respiración y me impulso hacia arriba hasta que vuelvo a mi piso.

Subo andando hasta el ático y me asomo a la terraza, el agua cubre la ciudad hasta donde alcanza la vista y solo la parte alta de los edificios emerge sobre las aguas como un piélago de infinitas pequeñas islas.

El sol tiñe la superficie que se refleja en las fachadas acristaladas y las aves, miles de aves ocupan la parte superior de los edificios y las antenas comunicándose en una algarabía de graznidos a través de la inmensa ciudad acuática.

Entre algunos edificios se han levantado pasarelas tortuosas, precarias, construidas con frágiles trozos de madera. Permanecen desiertas meciéndose con el vaivén de la marea que desplaza de un lado al otro trozos de petróleo solidificado formando concentraciones de masas redondas como oscuras minas submarinas que forman un anillo alrededor de las ventanas de lo que en otro tiempo fueran despachos de los señores del universo.

Salgo de mi duermevela, comienza a clarear el día, oigo subir el funicular por la calle Washington. Me levanto y voy a la cocina. Pongo la radio y lleno de agua la jarra de la cafetera. Muelo café. Sigue lloviendo.

Las últimas noticias hablan de que nadie tiene idea de como parar el chorro de petróleo y gas que fluye libremente desde hace ya un mes contaminando las aguas del Golfo de Méjico a razón de cien mil barriles diarios. Y a continuación, muchas palabras, palabras, palabras…

26 – SOPA DE CAMARONES.



Aparcamos cerca de la calle Misión. Andamos un poco por la acera bajo un sol brillante de mediodía y una brisa fría que viene del Pacífico obligando a la gente a ir abrigada. Delante de nosotros la guitarra de un mariachi descansa sobre su espalda moviendo el mástil levemente al compás de los pies enfundados en unas botas vaqueras negras.

Muchas mujeres jóvenes llevan a sus niños de la mano con mochilas de colegio en la espalda y los más pequeños en carritos cubiertos con toldos o viseras. Una tienda embarrancada en la bruma de los años cincuenta, toda escaparate de grandes vidrieras, muestra los viejos maniquíes intemporales cubiertos de trajes de novia, velos y sombreros a un público de latinas que cuchichean entre ellas en español entre risitas y alabanzas a los vestidos.

En la esquina, bajo la mirada del guarda jurado filipino del Bank of America que merodea con los pulgares metidos en un grueso cinturón repujado que entre otras cosas sostiene una enorme pistola semiautomática, un grupo de viejos y algún joven desgalichado pasan el tiempo sentados en unas cajas vacías de plástico para fruta alrededor de un getto – blaster que expande en círculos concéntricos una música pegadiza caribeña.

Pasa por mi lado un hombre tirando de un carrito blanco de helados y paletas anunciándose con el tintineo de las pequeñas campanitas de bronce. Otros venden rodajas de frutas en vitrinas de cristal ambulantes, o flores envueltas en papel de periódico que sacan de una camioneta aparcada.

Las paredes están llenas de murales de intensos colores con las caras de Martín Lutero King o César Chávez y paisajes y motivos sobre la raza y su adaptación a la América anglosajona. Abundan las taquerías y las tiendas de ultramarinos en donde todos hablan español y sobre la acera hay hileras de cajas de limas y limones, aguacates, plátanos; en el interior tortillas, frijoles, latas de cinco kilos de menudo.

Entramos en un modesto restaurante llamado “Las Palmeras” de manteles de hule adornados con flores y pago al contado, pedimos chile verde y sopa de camarones. Suena un mariachi en unos pequeños altavoces que hay encima de la caja registradora.

Mientras esperamos tomando unos totopos con salsa se nos acerca una señora vestida de negro con una cajita de cartón donde lleva pulseras, medallas y colgantes de santos. Me llama la atención una pulsera con la imagen del Santo niño de Atocha y la señora nos explica que es muy popular en Méjico.

Nos traen la comida, tomo lentamente la deliciosa sopa de camarones, reconfortante, con el característico sabor del cilantro fresco. Comemos lentamente sin parar de hablar.

A través de la ventana veo a la otra América pasar, la que no existe oficialmente, la que no tiene papeles, la invisible, la que llegó a este continente o estuvo aquí siglos antes de que el Mayflower inaugurara la historia oficial norteamericana.